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ORDENACION
ORDENACIÓN: DIÁCONOS PERMANENTES
18 de mayo de 2012
A unos dos mil años desde su
institución apostólica; a los 519 años de la llegada del evangelio a nuestra
tierra borinqueña; a los 500 años de la llegada del primer obispo a América, que
llegó precisamente a nuestra isla, para orgullo de todos; a los 52 años de la
fundación de esta diócesis; a los 18 días del mes de mayo de 2012, tiene lugar,
para alegría de todos nosotros, un acontecimiento histórico: la Primera
Ordenación de Diáconos Permanentes de la diócesis de Arecibo.
La concepción cristiana nos
dice que la historia viene a ser el conjunto de las intervenciones divinas en el
tiempo que encuentran por parte del hombre una respuesta. Esas intervenciones
divinas de las que se hace luego memoria, y se celebran, sobre todo en la
liturgia, son propiamente lo que llamamos ‘historia sagrada’ o "historia de
salvación".
Hoy, con esta ordenación de
diáconos permanentes, celebramos un hecho histórico, una de esas intervenciones
divinas, que ha encontrado respuesta en nuestra diócesis de Arecibo, y que,
quedando grabada en nuestra memoria y celebrada en esta liturgia, se convierte
para nosotros en historia de salvación para nuestra diócesis.
Por eso, a Dios que ha
querido intervenir de este modo tan especial en la historia de esta Iglesia
particular le decimos hoy: ¡Te damos gracias, Señor!
Queridos hermanos:
Ahora que estos hijos
nuestros, de los cuales muchos de ustedes son familiares y amigos, van a ser
ordenados diáconos, conviene considerar con atención a qué ministerio acceden en
la Iglesia.
Pasando a ser miembros de la
jerarquía a los diáconos se les imponen las manos para realizar un servicio y no
para el sacerdocio. En la ordenación al diaconado, sólo el obispo impone las
manos, significando así que el diácono está especialmente vinculado al obispo en
las tareas de su diaconía". El sacramento del Orden los marca con un sello que
nadie puede hacer desaparecer y que los configura con Cristo que se hizo "diácono",
es decir, "servidor" de todos.
Fortalecidos con el don del
Espíritu Santo, ayudarán al Obispo, y a su presbiterio, en el anuncio de la
palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad, mostrándose
servidores de todos. Como ministros del altar proclamarán el Evangelio,
prepararán el sacrificio y repartirán a los fieles el Cuerpo y la Sangre del
Señor.
Además, por encargo del
obispo, exhortarán tanto a los fieles como a los infieles, enseñándoles la
doctrina santa; presidirán las oraciones, administrarán el bautismo, asistirán y
bendecirán el matrimonio, llevarán el viático a los moribundos y presidirán los
ritos exequiales.
En cuanto a ustedes, queridos
hijos que hoy serán ordenados diáconos, el Señor les dio ejemplo para que lo que
Él hizo, ustedes también lo hagan. Él no vino a ser servido sino a servir.
Hoy hemos escuchado en la
primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, lo que la tradición
de la Iglesia ha visto como el inicio del diaconado: la institución de los siete.
Los apóstoles no pareciéndole bien descuidar la palabra de Dios para ocuparse de
la administración escogieron a siete hombre de buena fama, llenos de espíritu y
de sabiduría, para encargarlos de esa tarea para así ellos poderse dedicar a la
oración y al ministerio de la palabra. Eso mismo esperamos puedan hacer nuestros
sacerdotes que contarán de hoy en adelante con su ayuda.
Para ejercer su ministerio
ustedes tienen que ser, como dice San Pablo a Timoteo: responsables, hombre de
palabra, no aficionados a beber mucho ni a sacar dinero. Además deberán ser
fieles a su mujer y gobernar bien sus casas y sus hijos.
De ahí, pues, que sea
importante recordarles que en definitiva la realidad profunda del diaconado debe
ser buscada no en el orden del hacer, de las funciones, sino en el orden del
ser.
Puede ser que cualquier
bautizado pueda ejercer la mayor parte de las funciones diaconales, pero al ser
ordenados, la Iglesia quiere significar de modo mejor y más evidente que la
caridad que vive la Iglesia es un don de Dios. Que ustedes desempeñan un papel
jerárquico intermedio que hace del diácono el "servidor" por excelencia.
servidor y vínculo concreto entre los otros miembros de la jerarquía (obispo y
sacerdotes) y los demás miembros del pueblo de Dios.
El nombre mismo de diácono,
en canto servidor, debe recordar, no sólo a la jerarquía, sino también a toda la
Iglesia, que su misión es un servicio, una predicación de la Buena Nueva a los
pobres.
El diácono es, y debe ser,
ante todo, "sacramento de Cristo Servidor". "El que quiera servirme, que me
siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor". Eso les dice hoy Jesús
en el Evangelio. Es a Él a quien hay que seguir, es a Él a quien hay que imitar.
Uno de ustedes me decía:
"Pido al Padre eterno caminar este servicio de entrega lleno de piedad, oración
y estudio; y junto a mi esposa e hijos lograr ser un verdadero discípulo del
Señor". De eso es de lo que se trata.
Ser discípulos del Señor:
"Junto a sus esposas e hijos". Hoy, ustedes esposas e hijos de estos hermanos
que se ordenan, dejan de ser, en cierta manera, la "Fa. Rivera" o la "Fam.
Pérez", para convertirse en la "Fam. del diácono". La esposa ya no será la
"esposa de Juan, "sino la "esposa del diácono". Y los hijos serán "los hijos del
diácono". Esa realidad pasa a ser desde hoy realidad permanente en ustedes, y
esa realidad deberá servirles de estímulo para esforzarse en ser siempre una
familia diaconal ejemplar.
Queridos hijos, que en breves
momentos serán ordenados: esta noche no es un homenaje a sus personas, esta
noche no se convierten ustedes en más importantes que los demás, esta noche
ustedes se convierten en servidores de este pueblo que hoy con alegría y santo
orgullo les acompaña.
Sean sacramento de Cristo
Servidor.
Ante una sociedad que
privilegia el tener al ser demuéstrenle con su vida que saben dar a cada cosa su
justo valor y que saben dejar los bienes de este mundo para correr tras los del
cielo. (Estos hermanos son un ejemplo de generosidad porque ellos mismos han
contribuido económicamente a su formación. Además el ministerio que ejercerán lo
harán gratuitamente).
Ante una sociedad en la que
parecería que para un hombre y una mujer (¡"hombre y mujer", porque no importa
lo que diga Obama, ningún presidente de ninguna nación ni ninguna legislatura de
ningún país, pueden cambiar lo que Dios ha creado, y que la recta razón humana
descubre como verdadero!) vivir un matrimonio sano, fiel,
abierto a la vida, feliz, permanente, resulta muy difícil, demuestren con sus
propias vidas matrimoniales que no es así.
Ante una sociedad donde la
violencia llega a expresarse inclusive entre padres e hijos, entre hermanos;
donde los niños son tantas veces maltratados, demuestren que es posible ser un
buen padre, reflejo de la paternidad divina.
Ante una sociedad donde
predomina tanta veces el egoísmo, sean ustedes signos de negación de sí mismos.
Por la ordenación ustedes
también se convierten en signos de unidad.
Si el obispo, en cuanto
pastor, es el signo de la unidad con la Iglesia universal, y el presbítero, como
delegado del obispo, es el signo concreto de la unidad de la Iglesia local con
el obispo, el diácono será el signo más concreto de la unidad de la comunidad
parroquial con su sacerdote.
Para que sean verdaderamente
signos de servicio y unidad pediremos esta noche la intercesión de los santos
con el cántico de las letanías y en la oración consecratoria pediremos al Señor
que envíe sobre ustedes el Espíritu Santo para que fortalecidos con su gracia de
los siete dones desempeñen con fidelidad el ministerio, que se les encomienda.
Ustedes por su parte, deberán
fomentar su espiritualidad diaconal a través de las mismas tareas que habrán de
realizar, pero ante todo con la oración y la eucaristía. ¡Oración y eucaristía!
No lo olviden. Que no los consuma el activismo; que no los distraiga el
reconocimiento público; que no se cansen por la dura tarea, ni se desanimen por
las incomprensiones. ¡Oración y eucaristía!
Los necesitamos hábiles en su
servicio al altar, sí; los necesitamos doctos para que enseñen bien la doctrina,
sí; los necesitamos saludables para que puedan estar disponibles, sí; pero ante
todo los necesitamos santos: ¡diáconos santos! Y para eso hacen falta: ¡Oración
y eucaristía!
Su ordenación, queridos hijos,
llega en un momento en el que en la diócesis se está muy consciente de su
importancia y conveniencia pastoral. Así lo han expresado ustedes mismos cuando
en uno de nuestros encuentros de formación les pregunté qué añadía a su servicio
actual a la Iglesia el que fueran ordenados diáconos. Quisiera que por mi voz
hoy los presentes escucharan algunas de sus respuestas.
"Entiendo que mi servicio
sería de gran importancia ya que el sacerdote no siempre puede suplir en su
totalidad el servicio que requiere la feligresía. El servicio cercano que
proporciona ser miembro de la comunidad, conocerla porque se ha compartido con
ella, sus afanes y luchas, sus necesidades y angustias. Entiendo que mi servicio
sería la visita continua a aquellos que la necesitan. Ayudar a tiempo y
destiempo al sacerdote en los servicios para los que como diáconos estamos
autorizados, permitiéndole más tiempo a éste para su ministerio que en muchas
ocasiones se diluye en la labor administrativa, evitando que pueda llegar más a
la feligresía. Servir de eslabón entre el sacerdote y el pueblo".
Otro expresaba: "La mies es
mucha y los obreros pocos. La gente, el mundo entero está ansioso de conocer al
Señor, de conocer su Evangelio. En el mundo existen millares de personas que no
conocen, ni han oído hablar de Jesús. Y es nuestro deber, es nuestro anhelo, que
la gente conozca la razón de nuestra felicidad. Yo tengo una alegría inmensa en
mi corazón y deseo llevarla a los demás. El diácono es el servidor del Señor, de
la Iglesia, y estoy disponible donde haya necesidad. Deseo darle a Dios todas
mis capacidades, toda mi energía, toda mi juventud, quiero gastar mi vida por Él".
¡Qué bien! ¡Qué bueno es
constatar que ustedes tienen claro lo que es su ministerio!
Ustedes son una buena noticia
para todos nosotros. Hoy aquí no hay prensa, este acontecimiento con toda
probabilidad no saldrá en los noticiarios esta noche, ni en los periódicos
mañana, porque no son ustedes esposos que han matado a sus esposas, o padres que
hayan abusado de sus hijos, o delincuentes que hayan asaltado a alguien, eso sí
sería noticia. Pero sin periódicos, sin televisión y sin radio: ¡ustedes son una
buena noticia! ¡Son esperanza y alegría! ¡Son un soplo de aire fresco para
nuestra diócesis!
Por eso hoy todos decimos con
fuerza: ¡Te damos gracias, Señor!
Cristo está vivo, Cristo ha
resucitado. Y es Cristo quien nos convoca para celebrar esta eucaristía que
comenzamos: En el nombre…
Mons. Rubén, Obispo de Caguas
y Presidente de la CEP; Mons. Lázaro, obispo de Ponce y vicepresidente de la CEP;
Mons. Eusebio, obispo de Fajardo-Humacao; Mons. Iñaki, obispo emérito de ésta su
diócesis de Arecibo, y quién diera inicio al programa de formación de este grupo
de hermanos.
Queridos sacerdotes; diáconos;
seminaristas; candidatos al diaconado permanente, sus señoras esposas e hijos;
religiosos(as); hermanos todos, pueblo santo de Dios.
"El Señor ha estado con
grandes con nosotros…"
Y además de alegres estamos
agradecidos a Dios por el regalo que hace esta noche a nuestra diócesis de
Arecibo con esta Primera Ordenación de Diáconos Permanentes.
Le damos gracias a Dios
porque los llamó a este servicio; le damos gracias a ustedes por decir que sí a
esa llamada. Le damos gracias a sus esposas por también decir que sí y
acompañarles en su proceso de formación. También a sus hijos.
Hoy en esta eucaristía
queremos además pedir por ustedes para que sean siempre fieles al ministerio que
comienzan, y para que sean verdaderos ejemplos de servicio a Dios y a los
hermanos.
Sabemos que el Señor
escuchará nuestra plegaria.
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