La Diócesis de Arecibo celebra la Misa Crismal

La Diócesis de Arecibo celebra la Misa Crismal 

El pasado Martes Santo, 31 de marzo, la Diócesis de Arecibo se congregó en el Santuario Diocesano Virgen del Perpetuo Socorro, en Quebradillas, para la solemne celebración de la Misa Crismal, presidida por nuestro obispo, Mons. Alberto A. Figueroa Morales, en torno a quien se reunió el Pueblo de Dios como signo visible de comunión, unidad y vida eclesial.

Fieles laicos, sacerdotes, diáconos, seminaristas y religiosas se dieron cita en esta celebración, una de las más significativas del año litúrgico, manifestando la unidad de la Iglesia particular de Arecibo en torno a su pastor. La presencia del presbiterio diocesano, reunido junto a su obispo para renovar sus promesas sacerdotales, ofreció uno de los signos más elocuentes de esta Misa, que expresa de manera singular la comunión sacramental y pastoral de la diócesis.
Se destacó además la presencia numerosa de la Pastoral Juvenil Diocesana, cuyos miembros participaron de manera especial en la liturgia. Los jóvenes ofrecieron flores a la Santísima Virgen como gesto de amor filial y, al concluir la celebración, fueron enviados a sus respectivas parroquias y comunidades para animar las Pascuas Juveniles, asumiendo con entusiasmo su misión evangelizadora en estos días santos.

Participó también en la celebración Mons. Enrique Hernández Rivera, obispo emérito de Caguas, así como numerosos sacerdotes y fieles venidos de distintos pueblos de la diócesis. Bajo el amparo maternal de la Virgen del Perpetuo Socorro, en su casa santuario, la Iglesia diocesana vivió una verdadera manifestación de fe, oración y esperanza.

En su homilía, Mons. Alberto Figueroa Morales reflexionó sobre la dignidad y exigencia de la unción sacerdotal, partiendo de la expresión: “El Señor me ha ungido”. El obispo destacó que el sacerdote ha sido ungido en sus manos para el servicio y el trabajo apostólico, subrayando que esa unción no puede reducirse únicamente al ámbito cultual. “Hemos sido ungidos en las manos para trabajar”, afirmó, señalando que este signo expresa la entrega concreta del presbítero a Dios y a su pueblo.
Asimismo, exhortó a los sacerdotes a vivir con fidelidad y hondura sus promesas sacerdotales, recordando que estas resumen de manera concreta los deberes del ministro ordenado. “Nuestras promesas son un compendio de espiritualidad sacerdotal”, expresó. También insistió en que los fieles tienen derecho a recibir una liturgia celebrada con piedad, fidelidad y conforme a las normas de la Iglesia: “Los fieles tienen derecho a recibir de nosotros oportunamente los sacramentos, según las normas establecidas por la Iglesia y contenidas en los libros litúrgicos”.

El prelado advirtió igualmente sobre los dos extremos que amenazan la vida litúrgica y pastoral: “El presbítero cuando celebra deberá evitar los dos precipicios donde tantos se despeñan: el rigorismo y la superficialidad”. De igual forma, recordó que el ministerio sacerdotal debe brotar de una auténtica vida interior: “Los fieles pueden reclamar de nosotros que seamos hombres de oración, no solo litúrgica, sino personal”.

En otro momento significativo de la homilía, Mons. Figueroa Morales invitó a toda la Iglesia diocesana a abrazar una verdadera renovación espiritual, evocando la necesidad de una fe coherente y encarnada. “Cumplir nuestras promesas es ser un revolucionario”, afirmó, aludiendo a la llamada a vivir con radicalidad evangélica y fidelidad a la vocación recibida. Finalmente, propuso a la Santísima Virgen María como modelo perfecto de obediencia, recordando que ella supo cumplir plenamente la voluntad de Dios.
Luego de la homilía tuvo lugar la renovación de las promesas sacerdotales, momento en el que los presbíteros, de pie ante su obispo, reafirmaron su compromiso de unión con Cristo y de servicio fiel a la Iglesia. Este rito, profundamente conmovedor, puso de relieve la estrecha comunión del presbiterio con Mons. Alberto Figueroa Morales, pastor de la diócesis.

Durante la celebración, el obispo bendijo el óleo de los enfermos, destinado al alivio y consuelo de quienes padecen enfermedad o fragilidad; luego bendijo el óleo de los catecúmenos, con el que serán fortalecidos aquellos que se preparan para recibir el Bautismo; y finalmente consagró el Santo Crisma, que será utilizado en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden, así como en la dedicación de altares e iglesias. Con ello, la diócesis recibió los signos sacramentales que acompañarán su vida litúrgica a lo largo del año.
Al finalizar la celebración eucarística, se realizó un acto mariano, en el que el obispo encomendó a toda la Diócesis de Arecibo a la intercesión de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, patrona de Puerto Rico. En un ambiente de profunda devoción, el obispo puso bajo su amparo maternal a los sacerdotes, a los jóvenes, a las familias y a todo el Pueblo santo de Dios.

De este modo, la Iglesia particular de Arecibo, reunida en torno a su pastor, renovó su identidad como pueblo ungido y enviado, llamado a servir con fidelidad y a caminar, con renovada esperanza, hacia la Pascua del Señor.

Fotos: Rafy Colón González
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